Balthus versus los pintores contemporáneos

Portada Memorias Balthus

Balthus: “Memorias” Editorial Lumen, Barcelona. (Edición de Alain Vircondelet. Traducción de Juan Vivanco).

por Ángela Martín del Burgo

                Son las memorias publicadas por Balthus “Memorias-ensayos”, “recuerdos en forma de meditaciones cortas, a la manera de Montaigne”, como el propio autor nos dice. En ellas las evocaciones de vida que el autor va desgranando se entretejen con reflexiones sobre el arte, su función, su consuelo, su propia pintura frente a la pintura y los pintores contemporáneos (abundan las diatribas y la crítica frente a éstos), y esa gran espiritualidad:

La pintura moderna no acaba de entender que la meta sublime y última de la pintura (si es que hay alguna) es una herramienta, un camino para responder a las grandes preguntas del mundo aún por descifrar, aún sin leer por completo. El Gran libro del Universo sigue siendo impenetrable, y la pintura puede ser una de sus claves de acceso. Por eso, sin duda alguna, es religiosa, y por lo tanto espiritual. Cuando pinto remonto el curso del tiempo y la historia, llego forzosamente a una prehistoria, a un tiempo indeterminado, original en el sentido estricto de la palabra. Es decir, que acaba de nacer. La obra me permite entonces estar en el primer día, pero la aventura es extrema y solitaria, aunque lleve a cuestas toda la historia pasada. Por eso no me canso de decir que el trabajo del pintor no puede separarse del de sus predecesores. Empezar de cero, partir de la nada no tiene ningún sentido si el pintor no se ha alimentado antes con toda la historia del arte, si no la ha asimilado, y a partir de ahí se limita a transfigurarla con lo que él ve y siente. La pintura es algo muy materializado y, al mismo tiempo, muy espiritualizado. Es llegar al alma a través del cuerpo.

                A lo largo de estas páginas tenemos el privilegio de asistir a la aventura del pintor, extrema y solitaria:

Pero siempre me he obstinado en esta senda de soledad y exigencia. No se puede pintar en la algarabía del mundo, con sus facilidades, y seguir su mismo compás. Por el contrario, debemos conseguir cada vez más soledad y silencio, mezclarnos con los maestros de antaño para volver a inventar el mundo y no dejarse enredar por las falsas sirenas, el dinero, las galerías, la vida mundana, etc.

Pues La verdadera modernidad consiste en volver a inventar el pasado, en descubrir la originalidad a partir de ellos, de sus experiencias, de sus hallazgos.

 

                En esa aventura no se trata de expresarnos a nosotros mismos, sino de expresar el mundo, sus misterios y sus noches; de ahí que el pintor abomine de ese culto a la personalidad de los pintores contemporáneos, por el contrario, habría que despojarse, dejar a un lado el pequeño yo, ser exigentes sólo en el acto de pintar y olvidarnos de nosotros mismos; dado que el pintor es una herramienta, un instrumento, o una pasarela que transmite, conduce, muchas veces no sabe adónde va pero actúa como transmisor del sueño, de lo que aún es desconocido, ilegible y secreto. El artista, el pintor, debe armarse de paciencia ante la belleza, ante el misterio, ante el encantamiento que el cuadro acoge y que el propio pintor no sabe aún lo que es.

                Disconforme con nuestra época, no cree que los logros de la Revolución francesa supusieran un avance ni un progreso real. Los sucesos de 1789 contribuyeron a alterar el estado del mundo, provocaron el advenimiento del reino execrable del dinero y de la burguesía con sus valores mezquinos y de vuelo bajo. Frente a la burguesía y nuestra época, el pintor confiesa su deuda en su manera de ver y pensar con el feudalismo, la aristocracia más exigente, para la que sólo existen los deberes, y el espíritu cristiano: Tomar altura siempre sobre las cosas terrenales. Elevarse: designio de la espiritualidad.

                La pintura como una forma de peregrinación, como verdadera búsqueda, búsqueda de la Maravilla, de la cual no es ajena su estrecha relación con el cristianismo (algo semejante a la marcha nocturna de los Reyes Magos hacia Belén). Y el considerar que esta relación de la pintura con lo divino, una relación milenaria, que la pintura ha mantenido desde sus orígenes, desde las pinturas rupestres del arte magdaleniense, que estaban directamente en contacto con lo espiritual, con lo sagrado, ha sido borrada y desechada en el arte moderno, y de la cual sólo quedan cadáveres y huellas obscenas de especulaciones.

                La pintura como elevación también, cuyo único fin es la Belleza:

Si estamos rodeados de tantas cosas bellas, ¿por qué nos empeñamos en evitarlas? Sólo he querido pintar lo que era hermoso, los gatos, los paisajes, la tierra, los frutos, las flores, y, por supuesto, a mis queridos ángeles, que son como reflejos idealizados, platónicos, de lo divino.

Y ante la objeción de la crítica, dispuesta a encontrar posturas eróticas en sus modelos, mancillando “el trabajo de inocencia” que ha querido hacer, su búsqueda de eternidad, Balthus dirá que no ha entendido su trabajo, porque de lo que se trataba era de:

acercarse al misterio de la infancia, a su languidez de límites imprecisos. Lo que yo quería pintar era el secreto del alma y la tensión oscura y a la vez luminosa de su capullo aún sin abrir del todo. El pasaje, podría decirse, sí, eso es, el pasaje. Ese momento indeciso y turbio en que la inocencia es total y enseguida dará paso a otra edad más determinada, más social. Había algo milagroso en esa labor que conducía hasta lo divino.

                Balthus, oficiante de la pintura, peregrino en pos del secreto, del misterio, atento al encantamiento del lienzo, a la revelación de la belleza, de lo divino, arqueólogo del alma: “Excavas, horadas, extiendes la tierra, el lienzo, le das la consistencia del limo de los orígenes, y el tiempo sepultado resurge, renace a la luz del día”.

 

          

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